Cápac Yupanqui, el quinto emperador de los incas

Cápac Yupanqui fue el quinto emperador de los incas. Mi abuelo número 17, Ilabe, era noble del linaje Hurin Cuzco, por lo tanto descendiente de Cápac, aunque no conozco qué tan lejano es su parentesco con Ilabe. Lo que sí se sabe con certeza es que mantiene numerosa descendencia en Chile a través de Tala Canta Ilabe, hijo de Ilabe, cuya hija Elvira de Talagante contrajo matrimonio con Bartholomaus Blumenthal, nacido en Nürnberg, en el actual estado de Baviera, Alemania.

La línea que viene desde Ilabe hasta la actual (en el caso de mi familia) es como sigue: Ilabe – Tala Canta Ilabe – Elvira de Talagante – Águeda Flores – Pedro de Lísperguer y Flores – Petronila de Lísperguer Solózano – Ana María Águeda de Covarrubias y Lísperguer – María Josefa Calderón y Covarrubias Lísperguer – Francisca Díaz-Pimienta y Calderón – Miguel Jerónimo Grez y Díaz-Pimienta – Juan Manuel Grez Fuenzalida – Francisco Miguel Grez Pavez – José David Grez Saavedra – Avelino del Carmen Grez Saavedra – Aníbal Custodio Grez Díaz – Mario Hernán Grez Cook – Mario Antonio Grez Lorca – Diego Alberto Grez Cañete.

El siguiente texto fue extraido de “Primera parte de los comentarios reales que tratan del origen de los yncas, reyes que fueron del Perú, de su idolatría, leyes y gobierno en paz y en guerra; de sus vidas y conquistas y de todo lo que fue aquel Imperio en su República, antes que los Españoles pallaran a él”, escrito por el tuca Garcilaso de la Vega, natural del Cozco y Capitán de la Majestad, dirigods a la princesa Doña Catalina de Portugal, duquesa de Barganca, etc. Imprento en Lisboa en la oficina de Pedro Crasbeeck, año 1609.

Capítulo X: Cápac Yupanqui, Rey quinto, gana muchas provincias en Cuntisuyu.

El Inca Cápac Yupanqui, cuyo nombre está ya interpretado por los nombres de sus pasados, luego que murió su padre, tomó en señal de posesión la borla colorada, y, habiendo hecho las obsequias, salió a visitar toda su tierra y la anduvo por sus provincias, inquiriendo cómo vivían sus gobernadores y los demás ministros reales: gastó en la visita dos años. Volvióse al Cozco; mandó apercibir gente y bastimentos para el año siguiente, porque pensaba salir a conquistar hacia la parte de Cuntisuyu, que es al poniente del Cozco, donde sabía que había muchas y grandes provincias de mucha gente. Para pasar a ellas, mandó que en el gran río Apurímac, en el paraje llamado Huacachaca, se hiciese otra puente más bajo de la de Accha; la cual se hizo con toda diligencia y salió más larga que la pasada, porque el río viene ya por aquel paraje más ancho. El Inca salió del Cozco y llevó casi veinte mil hombres de guerra; llegó a la puente que está ocho leguas de la ciudad, camino bien áspero y dificultoso que solamente la cuesta que hay para bajar al río tiene de bajada grandes tres leguas, casi perpendicularmente, que por el altura no tiene media legua, y de subida de la otra parte del río tiene otras tres leguas. Pasando la puente, entró por una hermosa provincia llamada Yanahuara, que hoy tiene más de treinta pueblos; los que entonces tenía no se sabe, mas de que el primer pueblo que hay por aquella banda, que se dice Píti, salió con todos sus moradores, hombres y mujeres, viejos y niños, con gran fiesta y regocijo, con grandes cantares y aclamaciones al Inca, y lo recibieron por señor y le dieron la obediencia y vasallaje. El Inca los recibió con mucho aplauso y les dio muchas dádivas de ropas y otras cosas que en su corte se usaban traer. Los del pueblo Piti enviaron mensajeros a los demás pueblos de su comarca, que son de la misma nación Yanahuara, avisándoles de la venida del Inca y cómo lo habían recibido por Rey y Señor. A cuyo ejemplo vinieron los demás curacas y con mucha fiesta hicieron lo mismo que los de Piti.

El Inca los recibió como a los primeros y les hizo mercedes y regalos, y para mayor favor quiso ver sus pueblos y pasearlos todos, que están en espacio de veinte leguas de largo y más de quince de ancho. De la provincia Yanahuara pasó a otra llamada Aymara. Entre estas dos provincias hay un despoblado de quince leguas de travesía. De la otra parte del despoblado, en un gran cerro que llaman Mucansa, halló gran número de gente recogida para resistirle el paso y la entrada de su provincia, que tiene más de treinta leguas de largo y más de quince de ancho, rica de minas de oro y plata y plomo y de mucho ganado, poblada de mucha gente, la cual antes de la reducción de los pueblos tenía más de ochenta.

El Inca mandó alojar su ejército al pie del cerro para atajar el paso a los contrarios, que como gente bárbara, sin milicia, habían desamparado sus pueblos y recogiéndose en aquel cerro por lugar fuerte, sin mirar que quedaban atajados como en un corral. El Inca estuvo muchos días sin quererles dar batalla ni consentir que les hiciesen otro mal más de prohibirles los bastimentos que podían haber, porque forzados de la hambre se rindiesen y por otra parte les convidaba con la paz.

En esta porfía estuvieron los unos y los otros más de un mes, hasta que los indios rebeldes, necesitados de la hambre, enviaron mensajeros al Inca, diciendo que ellos estaban prestos y aparejados de recibirle por su rey y adorarle por hijo del Sol, si como tal hijo del Sol les daba su fe y palabra de conquistar y sujetar a su imperio (luego que ellos se hubiesen rendido) la provincia Umasuyu, vecina a ellos, poblada de gente belicosa y tirana, que les entraban a comer sus pastos hasta las puertas de sus casas y les hacían otras molestias, sobre lo cual habían tenido guerras con muertes y robos, las cuales, aunque se habían apaciguado muchas veces, se habían vuelto a encender otras tantas, y siempre por la tiranía y desafueros de los de Umasuyu; que le suplicaban, pues habían de ser sus vasallos, les quitase aquellos malos enemigos y que con esta condición se le rendían y le recibían por Príncipe y señor.

El Inca respondió por un capitán que él no había venido allí sino a quitar sinrazones y agravios y a enseñar todas aquellas naciones bárbaras a que viviesen en ley de hombres y no de bestias, y a mostrarles el conocimiento de su Dios el Sol, y pues el quitar agravios y poner en razón los indios era oficio del Inca, no tenían para qué ponerle por condición lo que el Rey estaba obligado a hacer de oficio; que les recibía el vasallaje, mas no la condición, porque no le habían ellos de dar leyes, sino recibirlas del hijo del Sol; que lo que tocaba a sus disensiones, pendencias y guerras, lo dejasen a la voluntad del Inca, que él sabía lo que había de hacer.

Con estas respuestas se volvieron los embajadores, y el día siguiente vinieron todos los indios que estaban retirados en aquellas sierras, que eran más de doce mil hombres de guerra; trajeron consigo sus mujeres e hijos, que pasaban de treinta mil ánimas, las cuales todas venían en sus cuadrillas, divididas de por sí la gente de cada pueblo, y, puestos de rodillas a su usanza, acataron al Inca y se entregaron por sus vasallos, y en señal de vasallaje le presentaron oro y plata y plomo y todo lo demás que tenían. El Inca los recibió con mucha clemencia, y mandó que les diesen de comer, que venían traspasados de hambre, y les proveyesen de bastimentos hasta que llegasen a sus pueblos, porque no padeciesen por los caminos, y mandóles que se fuesen luego a sus casas.

Capítulo XI: La conquista de los Aymaras; perdonan a los curacas. Ponen mojoneras en sus términos.

Despachada la gente, se fue el Inca a un pueblo de los de la misma provincia Aymara, llamado Huaquirca, que hoy tiene más de dos mil casas, de donde envió mensajeros a los caciques de Umasuyu. Mandóles pareciesen ante él, que como hijo del Sol quería averiguar las diferencias que entre ellos y sus vecinos, los de Aymara, había sobre los pastos y dehesas, y que los esperaba en Huaquirca para les dar leyes y ordenanzas en que viviesen como hombres de razón, y no que se matasen como brutos animales por cosa de tan poca importancia como eran los pastos para sus ganados, pues era notorio que los unos y los otros tenían donde los apacentar bastantemente. Los curacas de Umasuyu, habiéndose juntado para consultar la respuesta, porque fuese común, pues el mandato lo había sido, dijeron que ellos no habían menester al Inca para ir donde él estaba; que si el Inca los había menester fuese a buscarlos a sus tierras, donde le esperaban con las armas en las manos, y que no sabían si era hijo del Sol ni conocían por su Dios al Sol, ni lo querían, que ellos tenían dioses naturales de su tierra con los cuales se hallaban bien y que no deseaban otros dioses; que el Inca diese sus leyes y pragmáticas a quien las quisiese guardar, que ellos tenían por muy buena ley tomar por las armas lo que hubiesen menester y quitárselo por fuerza a quienquiera que lo tuviese, y por ellas mismas defender sus tierras al que quisiese ir a ellas a los enojar; que esto daban por respuesta, y si el Inca quisiese otra, se la darían en el campo como valientes soldados.

El Inca Cápac Yupanqui y sus maeses de campo, habiendo considerado la respuesta de los Umasuyus, acordaron que lo más presto que fuese posible diesen en sus pueblos, para que, tomándolos desapercibidos, domasen su atrevimiento y desvergüenza, con el miedo y asombro de las armas más que con el daño de ellas, porque, como se ha dicho, fue ley y mandato expreso del primer Inca Manco Cápac, para todos los Reyes sus descendientes, que en ninguna manera derramasen sangre en conquista alguna que hiciesen, si no fuese a más no poder, y que procurasen atraer los indios con caricias y beneficios y buena maña, porque así serian amados de los vasallos conquistados por amor, y al contrario serían aborrecidos perpetuamente de los rendidos y forzados por las armas. El Inca Cápac Yupanqui, viendo cuán bien le estaba guardar esta ley para el aumento y conservación de su reino, mandó apercibir con toda diligencia ocho mil hombres, los más escogidos de todo su ejército, con los cuales, caminando día y noche, se puso en muy breve tiempo en la provincia de Umasuyu, donde los enemigos, descuidados, no le esperaban en más de un mes, por el grande ejército y muchas dificultades que consigo llevaba. Mas viéndole ahora repentinamente en medio de sus pueblos con ejército escogido, y que el demás que había dejado atrás le venia siguiendo, pareciéndoles que no podrían juntarse tan presto para su defensa que no les tuviese el Inca primero quemadas sus casas, arrepentidos de su mala respuesta, dejadas las armas, acudieron los curacas de todas partes con toda presteza, avisándose con sus mensajeros, a pedir misericordia y perdón del delito. Y puestos delante del Inca como acertaban a venir, unos ahora y otros después, le suplicaron les perdonase, que ellos le confesaban por hijo del Sol, y que, como hijo de tal padre, los recibiese por vasallos, que protestaban servirle fielmente.

El Inca, muy en contra del temor de los curacas, que entendían los mandara degollar, los recibió con mucha clemencia y les mandó decir que no se admiraba que, como bárbaros mal enseñados, no entendiesen lo que les convenía para su religión ni para su vida moral; que cuando hubiesen gustado del orden y gobierno de los Reyes sus antecesores, holgarían ser sus vasallos, y lo mismo harían en menospreciar sus ídolos cuando hubiesen considerado y reconocido los muchos beneficios que ellos y todo el mundo recibían de su padre el Sol, por los cuales merecía ser adorado y tenido por Dios, y no los dioses que ellos decían de su tierra, los cuales, por ser figuras de animales sucios y viles, merecían ser menospreciados antes que tenidos por dioses; por tanto les mandaba que en todo y por todo le obedeciesen e hiciesen lo que el Inca y sus gobernadores les ordenasen, así en la religión como en las leyes, porque lo uno y lo otro venía ordenado de su padre el Sol.

Los curacas, con grande humildad, respondieron que prometían de no tener otro Dios sino al Sol, su padre, ni guardar otras leyes sino las que les quisiese dar, que por lo que habían oído y visto entendían que todas eran ordenadas para honra y provecho de sus vasallos. El Inca, por favorecer los nuevos vasallos, se fue a un pueblo principal de los de aquella provincia llamado Chirirqui, y de allí, habiéndose informado de la disposición de los pastos sobre que eran las pendencias y guerras, y habiendo considerado lo que convenía a ambas las partes, mandó echar las mojoneras por donde mejor le pareció para que cada una de las provincias reconociese su parte y no se metiese en la ajena. Estas mojoneras se han guardado y guardan hoy con gran veneración porque fueron las primeras que en todo el Perú se pusieron por orden del Inca. Los curacas de ambas provincias besaron las manos al Inca, dándole muchas gracias de que la partición hubiese sido tan a contento de todos ellos. El Rey visitó de espacio aquellas dos provincias para dar asiento en sus leyes y ordenanzas, y, habiéndolo hecho, le pareció volverse al Cozco y por entonces no pasar adelante en su conquista, aunque pudiera, según la prosperidad y buen suceso que hasta allí había tenido. Entró el Inca Cápac Yupanqui en su corte con su ejército en manera de triunfo, porque los curacas y gente noble que de las tres provincias nuevamente ganadas habían ido con el Rey a ver la ciudad imperial, lo metieron en hombros sobre las andas de oro en señal de que se habían sometido a su Imperio. Sus capitanes iban al derredor de las andas, y la gente de guerra delante, por su orden y concierto militar, en escuadrones la de cada provincia de por sí dividida de la otra, guardando todas las antigüedades de como habían sido ganadas y reducidas al imperio, porque las primeras iban más cerca del Inca y las postreras más lejos. Toda la ciudad salió a recibirle con bailes y cantares, como lo había de costumbre.

Capítulo XII: Envia el Inca a conquistar los Quechuas. Ellos se reducen de su grado.

El Inca se ocupó cuatro años en el gobierno y beneficio de sus vasallos; mas pareciéndole que no era bien gastar tanto tiempo en la quietud y regalo de la paz, sin dar parte al ejercicio militar, mandó que con particular cuidado se proveyesen los bastimentos y las armas, y la gente se aprestase para el año venidero. Llegado el tiempo, eligió un hermano suyo llamado Auqui Titu por capitán general, y cuatro Incas, de los parientes más cercanos, hombres experimentados en paz y en guerra, por maeses de campo, que cada uno de ellos llevase a su cargo un tercio de cinco mil hombres de guerra y todos cinco gobernasen el ejército. Mandóles que llevasen adelante la conquista que él había hecho en el distrito de Cuntisuyu, y para dar buen principio a la jornada fue con ellos hasta la puente de Huacachaca, y habiéndoles encomendado el ejemplo de los Incas sus antecesores en la conquista de los indios, se volvió al Cozco.

El Inca general y sus maeses de campo entraron en una provincia llamada Cotapampa; hallaron al señor de ella acompañado de un pariente suyo, señor de otra provincia que se dice Cotanera, ambas de la nación llamada Quechua. Los caciques, sabiendo que el Inca enviaba ejército a sus tierras, se habían juntado para recibirle muy de su grado por Rey y señor, porque había muchos días que lo deseaban, y así salieron acompañados de mucha gente y con bailes y cantares, y recibieron al Inca Auqui Titu, y, con muestras de mucho contento y alegría, le dijeron: “Seas bien venido Inca Apu (que es general) a darnos nuevo ser y nueva calidad con hacernos criados y vasallos del hijo del Sol, por lo cual te adoramos como a hermano suyo, y te hacemos saber por cosa muy cierta que si no vinieras tan presto a reducirnos al servicio del Inca, estábamos determinados de ir al año venidero al Cozco a entregamos al Rey y suplicarle mandara admitirnos debajo de su Imperio, porque la fama de las hazañas y maravillas de estos hijos del Sol, hechas en paz y en guerra, nos tienen tan aficionados y deseosos de servirles y ser sus vasallos que cada día se nos hacía un año. También lo deseábamos por vernos libres de las tiranías y crueldades que las naciones Chanca y Hancohuallu y otras, sus comarcanas, nos hacen de muchos años atrás, desde el tiempo de nuestros abuelos y antecesores, que a ellos y a nosotros nos han ganado muchas tierras, y nos hacen grandes sinrazones y nos traen muy oprimidos; por lo cual deseábamos el imperio de los Incas, por vernos libres de tiranos. El Sol, tu padre, te guarde y ampare, que así has cumplido nuestros deseos”. Dicho esto, hicieron su acatamiento al Inca y a los maeses de campo, y les presentaron mucho oro para que lo enviasen al Rey. La provincia de Cotapampa, después de la guerra de Gonzalo Pizarro, fue repartimiento de don Pedro Luis de Cabrera, natural de Sevilla, y la provincia Cotanera y otra que luego veremos, llamada Huamanpallpa, fueron de Garcilaso de la Vega, mi señor, y fue el segundo repartimiento que tuvo en el Perú; del primero diremos adelante en su lugar.

El general Auqui Titu y los capitanes respondieron en nombre del Inca y les dijeron que agradecían sus buenos deseos pasados y los servicios presentes, que de lo uno y de lo otro y de cada palabra de las que habían dicho darían larga cuenta a Su Majestad, para que las mandase gratificar como se gratificaba cuanto en su servicio se hacía. Los curacas quedaron muy contentos de saber que hubiesen de llegar a noticia del Inca sus palabras y servicios; y así cada día mostraban más amor y hacían con mucho gusto cuanto el general y sus capitanes les mandaban. Los cuales, dejada la buena orden acostumbrada en aquellas dos provincias, pasaron a otra llamada Huamanpallpa; también la redujeron sin guerra ni contradicción alguna. Los Incas pasaron el río Amáncay por dos o tres brazos que lleva corriendo por entre aquellas provincias, los cuales, juntándose poco adelante, hacen el caudaloso río llamado Amáncay (1).

Uno de aquellos brazos pasa por Chuquinca, donde fue la batalla de Francisco Hernández Girón con el mariscal don Alonso de Alvarado, y en este mismo río, años antes, fue la de don Diego de Almagro y el dicho mariscal, y en ambas fue vencido don Alonso de Alvarado, como se dirá más largo en su lugar, si Dios nos deja llegar allá. Los Incas anduvieron reduciendo las provincias que hay de una parte y otra del río Amáncay, que son muchas y se contienen debajo de este apellido Quechua. Todos tienen mucho oro y ganado.

Capítulo XIII: Por la costa de la mar reducen muchos valles, castigan los sodomitas.

Dejando en ellas el orden necesario para el gobierno, salieron al despoblado de Huallaripa, famosa sierra por el mucho oro que han sacado de ella y mucho más que le queda por sacar, y atravesando una manga de despoblado, la cual por aquella parte tiene treinta y cinco leguas de travesía, bajaron a los llanos, que es la costa de la mar. A toda la tierra que es costa de mar y a cualesquiera otra que sea tierra caliente llaman los indios Yunca, que quiere decir tierra caliente: debajo de este nombre Yunca se contienen muchos valles que hay por toda aquella costa. Los españoles llaman valles a la tierra que alcanzan a regar los ríos que bajan de la sierra a la mar. La cual tierra es solamente la que se habita en aquella costa, porque, salido de lo que el agua riega, todo lo demás es tierra inhabitable, porque son arenales muertos donde no se cría yerba ni otra cosa alguna de provecho.

Por el paraje que estos Incas salieron a los llanos está el valle de Hacari, grande, fértil y muy poblado, que en tiempos pasados tenía más de veinte mil indios de vecindad, los cuales redujeron los Incas a su obediencia y servicio con mucha facilidad. Del valle Hacari pasaron a los valles que llaman Uuiña, Camana, Carauilli, Picta, Quellca y otros que hay adelante en aquella costa, norte sur, en espacio de sesenta leguas de largo la costa adelante. Y estos valles abajo, desde la sierra a la mar, y de ancho lo que alcanzan los ríos a regar a una mano y otra, que unos riegan dos leguas, otros más y otros menos, según las aguas que llevan, pocas o muchas. Algunos ríos hay en aquella costa que no los dejan los indios llegar a la mar, sacándolos de sus madres para regar sus mieses y arboledas. El Inca general Auqui Titu y sus maeses de campo, habiendo reducido todos aquellos valles al servicio de su Rey sin batalla, le dieron cuenta de todo lo sucedido, y en particular le avisaron que pesquisando las costumbres secretas de aquellas naturales de sus ritos y ceremonias y de sus dioses, que eran los pescados que mataban, habían hallado que había algunos sodomitas, no en todos los valles, sino en cual y cual, ni en todos los vecinos en común, sino en algunos particulares que en secreto usaban aquel mal vicio. Avisaron también que por aquella parte no tenían más tierra que conquistar, porque habían llegado a cerrar, con lo que de atrás estaba conquistado, la costa adelante al sur.

El Inca holgó con la relación de la conquista y mucho más de que se hubiese hecho sin derramar sangre. Envió a mandar que, dejando el orden acostumbrado para el gobierno, se volviesen al Cozco. Y en particular mandó que con gran diligencia hiciesen pesquisa de los sodomitas, y en pública plaza quemasen vivos los que hallasen no solamente culpados sino indiciados, por poco que fuese; asimismo quemasen sus casas y las derribasen por tierra y quemasen los árboles de sus heredades, arrancándolos de raíz, por que en ninguna manera quedase memoria de cosa tan abominable, y pregonasen por ley inviolable que de allí adelante se guardasen de caer en semejante delito, so pena de que por el pecado de uno sería asolado todo su pueblo y quemados sus moradores en general, como entonces lo eran en particular. Lo cual todo se cumplió como el Inca lo mandó, con grandísima admiración de los naturales de todos aquellos valles del nuevo castigo que se hizo sobre el nefando; el cual fue tan aborrecido de los Incas y de toda su generación, que aun el nombre solo les era tan odioso que jamás lo tomaron en la boca, y cualquiera indio de los naturales del Cozco, aunque no fuese de los Incas, que con enojo, riñendo con otro, se lo dijese por ofensa, quedaba el mismo ofensor por infame, y por muchos días le miraban los demás indios como a cosa vil y asquerosa, porque había tomado tal nombre en la boca.

Habiendo el general y sus maeses de campo concluido con todo lo que el Inca les envió a mandar, se volvieron al Cozco, donde fueron recibidos con triunfo y les hicieron grandes mercedes y favores. Pasados algunos años después de la conquista que se ha dicho, el Inca Cápac Yupanqui deseó hacer nueva jornada por su persona y alargar por la parte llamada Collasuyu los términos de su Imperio, porque en las dos conquistas pasadas no habían salido del distrito llamado Cuntisuyu. Con este deseo mandó que para el año venidero se apercibiesen veinte mil soldados escogidos.

Entre tanto que la gente se aprestaba, el Inca proveyó lo que convenía para el gobierno de todo su reino. Nombró a su hermano, el general Auqui Titu, por gobernador y lugarteniente. Mandó que los cuatro maeses de campo que con él habían ido quedasen por consejeros del hermano. Eligió para que fuesen consigo cuatro maeses de campo y otros capitanes que gobernasen el ejército, todos Incas, porque habiéndolos, no podían los de otra nación ser capitanes, y aunque los soldados que venían de diversas provincias trajesen capitanes elegidos de su misma nación, luego que llegaban al ejército real daban a cada capitán extranjero un Inca por superior, cuya orden y mandado obedeciese y guardase en las cosas de la milicia como su teniente: de esta manera venía a ser todo el ejército gobernado por los Incas, sin quitar a las otras naciones los cargos particulares que traían por que no se desfavoreciesen ni desdeñasen ni se los quitasen. Porque los Incas, en todo lo que no era contra sus leyes y ordenanzas, siempre mandaban se diese gusto y contento a los curacas y a las provincias de cada nación: por esta suavidad de gobierno que en toda cosa había, acudían los indios con tanta prontitud y amor a servir a los Incas. Mandó que el príncipe, su heredero, le acompañase, para que se ejercitase en la milicia, aunque era de poca edad.

Capítulo XIV: Dos grandes curacas comprometen sus diferencias en el Inca y se hacen vasallos suyos.

Llegado el tiempo de la jornada, salió el Inca Cápac Yupanqui del Cozco y fue hasta la laguna de Paria, que fue el postrer término que por aquella banda su padre dejó conquistado. Por el camino fue con los ministros recogiendo la gente de guerra que en cada provincia estaba apercibida; tuvo cuidado de visitar los pueblos que a una mano y otra del camino pudo alcanzar, por favorecer aquellas naciones con su presencia. Que era tan grande el favor que sentían de que el Inca entrase en sus provincias, que en muchas de ellas se guarda hoy la memoria de muchos lugares donde los Incas acertaron a hacer alguna parada en el campo o en el pueblo para mandarles algo o para hacerles alguna merced o a descansar del camino. Los cuales puestos tienen hoy los indios en veneración por haber estado sus Reyes en ellos.

El Inca, luego que llegó a la laguna de Paria, procuró reducir a su obediencia los pueblos que halló por aquella comarca: unos se le sujetaron por las buenas nuevas que de los Incas habían oído y otros por no poderle resistir. Andando en estas conquistas, le llegaron mensajeros de dos grandes capitanes que había en aquel distrito que llamamos Collasuyu, los cuales se hacían cruel guerra el uno al otro. Y para que se entienda mejor la historia, es de saber que estos dos grandes curacas eran descendientes de dos capitanes famosos que en tiempos pasados, antes de los Incas, se habían levantado en aquellas provincias cada uno de por sí y ganado muchos pueblos y vasallos y héchose grandes señores. Los cuales, no contentos con lo que iban ganando, volvieron las armas el uno contra el otro, por la común costumbre del reinar, que no sufre igual.

Hiciéronse cruel guerra, perdiendo y ganando ya el uno, ya el otro, aunque, como bravos capitanes, se sustentaron valerosamente todo el tiempo que vivieron. Esta guerra y contienda dejaron en herencia a sus hijos y descendientes, los cuales la sustentaron con el mismo valor que sus pasados, hasta el tiempo del Inca Cápac Yupanqui.

Viendo, pues, la continua y cruel guerra que se hacían, y que muchas veces se habían visto casi consumidos, temiendo destruirse del todo sin provecho de alguno de ellos, porque las fuerzas y valor siempre se habían mostrado iguales, acordaron, con parecer y consejo de sus capitanes y parientes, de someterse al arbitrio y voluntad del Inca Cápac Yupanqui y pasar por lo que él les mandase y ordenase acerca de sus guerras y pasiones. Vinieron en este concierto movidos por la fama de los Incas pasados y del presente, cuya justicia y rectitud, con las maravillas que decían haber hecho su padre el Sol por ellos, andaban tan divulgadas por entre aquellas naciones que todos deseaban conocerlos. El uno de aquellos señores se llamaba Cari y el otro Chipana: los mismos nombres tuvieron sus antepasados, desde los primeros; querían los sucesores conservar la memoria con sus nombres, heredándolos de uno en otro, por acordarse de sus mayores e imitarles, porque fueron valerosos. Pedro de Cieza de León, capitulo ciento, toca esta historia brevemente, aunque la pone mucho después de cuando pasó: llama al uno de los curacas Cari y al otro Zapana. Los cuales, como supiesen que el Inca andaba conquistando cerca de sus provincias, le enviaron mensajeros dándole cuenta de sus guerras y pendencias, suplicándole tuviese por bien darles licencia para que fuesen a besarle las manos y hacerle más larga relación de sus pasiones y diferencias, para que Su Majestad las concertase y aviniese, que ellos protestaban pasar por lo que el Inca les mandase, pues todo el mundo le confesaba por hijo del Sol, cuya rectitud esperaban haría justicia a ambas las partes, de manera que hubiese paz perpetua.

El Inca oyó los mensajeros y respondió que los curacas viniesen cuando bien les estuviese, que él procuraría concertarlos, y esperaba ponerlos en paz y hacerles amigos, porque las leyes y ordenanzas que para ello les darla serían decretadas por su padre el Sol, a quien consultaría aquel caso para que fuese más acertado lo que sobre él determinase. Con la respuesta holgaron mucho los curacas y, desde a pocos días, vinieron a Paria, donde el Inca estaba, y entraron ambos en un día por diversas partes, que así lo habían concertado. Puestos ante el Rey, le besaron las manos igualmente, sin quererse aventajar el uno del otro, y Cari, que tenía sus tierras más cerca de las del Inca, habló en nombre de ambos y dio larga cuenta de la discordia que entre ellos había y las causas de ella. Dijo que unas veces era de envidias que cada uno tenía de las hazañas y ganancias del otro y que otras veces era ambición y codicia por quitarse los estados, y cuando menos era sobre los términos y jurisdicción; que suplicaban a Su Majestad los concertase, mandando lo que más gustase, que a eso venían ambos, cansados ya de las guerras que de muchos años atrás entre ellos había.

El Inca, habiéndolos recibido con la afabilidad acostumbrada, mandó que asistiesen algunos días en su ejército, y que dos capitanes Incas de los más ancianos enseñase cada uno al suyo las leyes, fundadas en la ley natural, con que los Incas gobernaban sus reinos para que sus vasallos viviesen en paz, respetándose unos a otros, así en la honra como en la hacienda. Y para lo de las diferencias que tenían acerca de sus términos y jurisdicción sobre que fundaban sus guerras, envió dos Incas parientes suyos para que hiciesen pesquisa en las provincias de los curacas y supiesen de raíz las causas de aquellas guerras.

Habiéndose informado el Inca de todo, y consultándolo con los de su Consejo, llamó los curacas y en breves palabras les dijo que su padre el Sol les mandaba que para tener paz y concordia guardasen las leyes que los Incas les habían enseñado, y mirasen por la salud y aumento de los vasallos, que las guerras más eran para destruirse y destruirlos que para aumentarlos; que advirtiesen que por verlos en discordia podrían levantarse otros curacas y sujetarlos, hallándolos flacos y debilitados, y quitarles los estados y borrar del mundo la memoria de sus antepasados, todo lo cual se conservaba y aumentaba con la paz. Mandóles asimismo que echasen por tal y tal parte las mojoneras de sus términos y que no las rompiesen. Díjoles a lo último que su Dios el Sol lo mandaba y ordenaba así para que tuviesen paz y viviesen en descanso, y que el Inca lo confirmaba, so pena de castigar severamente al que lo quebrantase, pues lo habían hecho juez de sus diferencias.

Los curacas respondieron que obedecerían a Su Majestad llanamente, y, por la afición que a su servicio habían cobrado, serían amigos verdaderos. Después los caciques Cari y Chipana trataron entre sí las leyes del Inca, el gobierno de su casa y corte y de todo su reino, la mansedumbre con que procedía en la guerra y la justicia que a todos hacía sin permitir agravio a ninguno. Particularmente notaron la suavidad e igualdad con que ellos dos habían usado, y cuán justificada había sido la partición de sus tierras. Todo lo cual bien mirado con los deudos y súbditos que consigo tenían, determinaron entre todos de entregarse al Inca y ser sus vasallos. También lo hicieron porque vieron que el Imperio del Inca llegaba ya muy cerca de sus estados y que otro día se los había de ganar con fuerza, porque ellos no eran poderosos para resistirle: quisieron como discretos ser vasallos voluntarios y no forzados, por no perder los méritos que los tales adquirían con los Incas. Con este acuerdo se pusieron ante él y le dijeron suplicaban a Su Majestad los recibiese en su servicio, que querían ser vasallos y criados del hijo del Sol, y que desde luego le entregaban sus estados; que Su Majestad enviase gobernadores y ministros que enseñasen a aquellos nuevos súbditos lo que hubiesen de hacer en su servicio.

El Inca dijo que les agradecía su buen ánimo y tendría cuenta de hacerles merced en todas ocasiones. Mandóles dar mucha ropa de vestir, de la del Inca para los caciques, y de la otra, no tan subida, para sus parientes; hízoles otras mercedes de mucho favor y estima, con que los curacas quedaron muy contentos. De esta manera redujo el Inca a su Imperio muchas provincias y pueblos que en el distrito de Collasuyu poseían aquellos dos caciques, que entre otros fueron Pocoata, Murumuru, Maccha, Caracara y todo lo que hay al levante de estas provincias hasta la gran cordillera de los Antis, y más todo aquel despoblado grande que llega hasta los términos de la gran provincia llamada Tapac-ri, que los españoles llaman Tapacari, el cual despoblado tiene más de treinta leguas de travesía de tierra muy fría y, por serlo tanto, está despoblada de habitantes, pero, por los muchos pastos que tiene, llena de innumerable ganado bravo y doméstico y de muchas fuentes de agua tan caliente que no pueden tener la mano dentro un avemaría, y en el vaho que el agua echa al salir se ve dónde está la fuente, aunque esté lejos; y esta agua caliente toda hiede a piedra azufre, y es de notar que entre estas fuentes de agua tan caliente hay otras de agua frigidísima y muy sabrosa, y de unas y de otras se viene a hacer un río que llaman de Cochapampa.

Pasado el gran despoblado de las fuentes, llegan a una cuesta que tiene de bajada siete leguas de camino, hasta lo llano de la provincia de Tapac-ri, la cual fue el primer repartimiento de indios que en el Perú tuvo Garcilaso de la Vega, mi señor. Es de tierra fertilísima, poblada de mucha gente y ganado; tiene más de veinte leguas de largo y más de doce de ancho. Ocho leguas adelante está otra hermosísima provincia llamada Cochapampa; tiene el valle treinta leguas de largo y cuatro de ancho, con un caudaloso río que hace el valle. Estas dos hermosas provincias, entre otras, entraron en la reducción que los dos curacas Cari y Chipana hicieron de sus estados, como se ha contado. Con la reducción alargaron su Imperio los Incas de sesenta leguas de largo. En la provincia Cochapampa, por ser tan buena y fértil, poblaron los españoles un pueblo, año de mil y quinientos y sesenta y cinco: llamáronle San Pedro de Cardeña, porque el fundador fue un caballero natural de Burgos llamado el capitán Luis Osorio.

Hecha la reducción, mandó el Inca que dos maeses de campo de los que tenía consigo fuesen a los estados de aquellos curacas y llevasen los ministros necesarios para el gobierno y enseñanza de los nuevos vasallos; lo cual proveído, pareciéndole que por aquel año bastaba la conquista hecha, que era más de la que había esperado, se volvió al Cozco, llevando consigo los dos caciques para que viesen la corte y para regalarlos y festejarlos en ella. En la ciudad fueron muy bien recibidos, y a los dos curacas les hicieron muchas fiestas, honrándolos y estimándolos porque así lo mandó el Inca. Pasados algunos días, les dio licencia que se fuesen a sus tierras y los envió muy contentos de las mercedes y favores que les hizo, y a la partida les dijo que estuviesen apercibidos, que pensaba ir presto a sus estados a reducir a los indios que de la otra parte había.

Capítulo XV: Hacen un puente de paja, enea y juncia en el Desaguadero. Redúcese Chayanta.

El Inca Cápac Yupanqui quedó ufano de haber salido con la empresa de la puente que dijimos de Huacachaca en el río Apurímac, y así mandó hacer otra en el desaguadero de la laguna Titicaca, porque pensaba volver presto a la conquista de las provincias que había en Collasuyu, que por ser aquella tierra llana y apacible de andar con ejércitos, se hallaron bien los Incas en la conquista de ella, y por esta causa porfiaron hasta que ganaron todo aquel distrito. La puente de Huacachaca y todas las que hay en el Perú son hechas de mimbre; la de aquel río que los españoles llaman el Desaguadero es de juncia y de otros materiales. Está sobre el agua como la de Sevilla, que es de barcos, y no está en el aire como están las de mimbre, según dijimos. En todo el Perú se cría una paja larga, suave y correosa, que los indios llaman ichu, con que se cubren sus casas.

La que se cría en el Collao es más aventajada y muy buen pasto para el ganado, de la cual hacen los Collas canastas y cestillas y lo que llaman patacas (que son como arcas pequeñas) y sogas y maromas. Demás de esta buena paja se cría en la ribera de la laguna Titicaca grandísima cantidad de juncia y de espadaña, que por otro nombre llaman enea. A sus tiempos cortan los indios de las provincias que están obligados a hacer la puente mucha cantidad de enea y juncia para que esté seca cuando hayan de hacer la puente. De la paja que hemos dicho hacen cuatro maromas gruesas como la pierna; las dos echan sobre el agua; atraviesan el río de una parte a otra, el cual por cima parece que no corre y por debajo lleva grandísima corriente, según afirman los que han querido verlo por experiencia.

Sobre las maromas, en lugar de barcas, echan muy grandes haces de enea y de juncia, del grueso de un buey, fuertemente atadas una con otra y con las maromas; luego echan sobre los haces de juncia y enea las otras dos maromas y las atan fuertemente con los haces para que se incorpore y fortalezca uno con otro. Sobre aquellas maromas, por que no se rompan tan presto con el hollar de las bestias, echan otra mucha cantidad de enea en haces delgados como el brazo y la pierna, los cuales van asimismo por su orden cosidos unos con otros y con las maromas. A estos haces menores llaman los españoles la calzada de la puente. Tiene la puente trece o catorce pies de ancho y más de una vara de alto y ciento y cincuenta pasos poco más o menos de largo, donde se puede imaginar qué cantidad de juncia y enea será menester para obra tan grande. Y es de advertir que la renuevan cada seis meses, quiero decir que la hacen de nuevo, porque los materiales que han servido, por ser de cosas tan flacas como paja, enea y juncia, no quedan para servir de nuevo. Y porque haya seguridad en la puente, la renuevan antes que las maromas se acaben de podrir y se quiebren.

Esta puente, como las demás obras grandes, estaba en tiempo de los Incas repartida por las provincias comarcanas, y se sabía con qué cantidad de materiales había de acudir cada una, y, como los tenían apercibidos de un año para otro, hacían la puente en brevísimo tiempo. Los cabos de las maromas gruesas, que son el fundamento de la puente, entierran debajo de tierra, y no hacen estribos de piedra donde las aten. Dicen los indios que aquello es lo mejor para aquella manera de puente, mas también lo hacen porque mudan sitio, haciendo la puente unas veces más arriba y otras más abajo, aunque en poco espacio. El Inca, sabiendo que la puente estaba hecha, salió del Cozco con el príncipe su heredero y caminó por sus jornadas hasta las últimas provincias de los caciques Cari y Chipana, que, como atrás queda dicho, eran Tapacari y Cochapampa. Los caciques estaban apercibidos con gente de guerra para servir al Inca. De Cochapampa fueron a Chayanta; pasaron treinta leguas de un mal despoblado que hay en medio, donde no hay un palmo de tierra de provecho, sino peñas y riscos y pedregales y peña viva; no se cría en aquel desierto cosa alguna, si no son unos cirios que llevan espinas tan largas como los dedos de la mano, de las cuales hacían las indias agujas para coser eso poco que cosían; aquellos cirios se crían en todo el Perú. Pasado el despoblado, entran en la provincia Chayanta, que tiene veinte leguas de largo y casi otras tantas de ancho.

El Inca mandó al príncipe que enviase mensajeros con los requerimientos acostumbrados. Para responder el mensaje estuvieron los indios de Chayanta diferentes, que unos decían que era muy justo que se recibiese el hijo del Sol por señor y sus leyes se guardasen, pues se debía creer que, siendo ordenadas por el Sol, serían justas, suaves y provechosas, todas en favor de los vasallos y ninguna en interés del Inca. Otros dijeron que no tenían necesidad de Rey ni de nuevas leyes, que las que se tenían eran muy buenas, pues las habían guardado sus antepasados, y que les bastaban sus dioses, sin tomar nueva religión y nuevas costumbres, y lo que peor les parecía era sujetarse a la voluntad de un hombre que estaba predicando religión y santidades y que mañana, cuando los tuviese sujetos, les pondría las leyes que quisiese, que todas serían en provecho suyo y daño de los vasallos, y que no era bien se experimentasen estos males, sino que viviesen en libertad como hasta allí o muriesen sobre ello.

En esta diferencia estuvieron algunos días, pretendiendo cada una de las partes salir con su opinión hasta que por una parte el temor de las armas del Inca y por otra las nuevas de sus buenas leyes y suave gobierno los redujo a que se conformasen. Respondieron no concediendo absolutamente ni negando del todo, sino en un medio compuesto de ambos pareceres, y dijeron que ellos holgarían de recibir al Inca por su Rey y señor; empero, que no sabían qué leyes les había de mandar guardar, si serían en daño o en provecho de ellos. Por tanto le suplicaban hubiese treguas de ambas partes, y que (entretanto que les enseñaban las leyes) el Inca y su ejército entrase en la provincia, con palabra que les diese de salirse y dejarlos libres si sus leyes no les contentasen; empero que si fuesen tan buenas como él decía, desde luego le adoraban por hijo del Sol y le reconocían por señor.

El Inca dijo que aceptaba la condición con que le recibían, aunque podía rendirlos por fuerza de armas; empero que holgaba de guardar el ejemplo de sus pasados, que era ganar los vasallos por amor y no por fuerza, y que les daba su fe y palabra de dejarlos en la libertad que tenían cuando no quisiesen adorar a su padre el Sol ni guardar sus leyes; porque esperaba que habiéndolas visto y entendido, no solamente no las aborrecerían, sino que las amarían y les pesaría de no haberlas conocido muchos siglos antes.

Hecha esta promesa entró el Inca en Chayanta, donde fue recibido con veneración y acato, mas no con fiesta y regocijo como en otras provincias se había hecho, porque no sabían qué tal les había de salir aquel partido. Y así tuvieron entre temor y esperanza, hasta que los varones ancianos diputados por el Inca, que tenía para consejeros y gobierno del ejército, en presencia del príncipe heredero, que asistió algunos días a esta enseñanza, les manifestaron las leyes, así las de su idolatría como las del gobierno de la república; y esto se hizo muchas veces y en muchos días hasta que las entendieron bien. Los indios, mirando con atención cuán en su honra y provecho eran todas, dijeron que el Sol y los Incas, sus hijos, que tales ordenanzas y leyes daban a los hombres merecían ser adorados y tenidos por dioses y señores de la tierra. Por tanto prometían guardar sus fueros y estatutos y desechar cualesquiera ídolos, ritos y costumbres que tuviesen; y con esta protestación, hecha ante el príncipe, lo adoraron en lugar de su padre el Sol y del Inca Cápac Yupanqui.

Acabada la jura y la solemnidad de ella, sacaron grandes danzas y bailes a la usanza de ellos, nuevos para los Incas. Salieron con muchas galas y arreos y cantares compuestos en loor del Sol y de los Incas y de sus buenas leyes y gobierno, y los festejaron y sirvieron con toda la ostentación de amor y buena
voluntad que pudieron mostrar.

Capítulo XVI: Diversos ingenios que tuvieron los indios para pasar los rios y para sus pesquerías.

Ya que se ha dado cuenta de las dos maneras de puentes que los Incas mandaron hacer para pasar los ríos, una de mimbre y la otra de juncia y enea, será razón digamos otras maneras y artificios que tenían para los pasar, porque las puentes, por la mucha costa y prolijidad, no se sufría hacerlas sino en los caminos reales; y como aquella tierra sea tan ancha y larga y la atraviesen tantos ríos, los indios, enseñados de la pura necesidad, hicieron diversos ingenios para pasarlas, conforme a las diversas disposiciones que los ríos tienen y también para navegar por la mar eso poco que por ella navegaban. Para lo cual no supieron o no pudieron hacer piraguas ni canoas como los de la Florida y los de las islas de Barlovento y Tierra Firme, que son a manera de artesas, porque en el Perú no hubo madera gruesa dispuesta para ellas, y aunque es verdad que tienen árboles muy gruesos, es la madera tan pesada como el hierro, por lo cual se valen de otra madera, delgada como el muslo, liviana como la higuera; la mejor, según decían los indios, se criaba en las provincias de Quitu, de donde la llevaban por mandado del Inca a todos los ríos. Hacían de ella balsas grandes y chicas, de cinco o de siete palos largos, atados unos con otros: el de en medio era más largo que todos los otros: los primeros colaterales eran menos largos, luego los segundos eran más cortos y los terceros más cortos, porque así cortasen mejor el agua, que no la frente toda pareja y la misma forma tenían a la popa que a la proa. Atábanles dos cordeles, y por ellos tiraban para pasarla de una parte a otra. Muchas veces, a falta de los balseros, los mismos pasajeros tiraban de la soga para pasar de un cabo al otro. Acuérdome haber pasado en algunas balsas que eran del tiempo de los Incas, y los indios las tenían en veneración.

Sin las balsas, hacen otros barquillos más manuales: son de un haz rollizo de enea, del grueso de un buey; átanlo fuertemente, y del medio adelante lo ahusan y lo levantan hacia arriba como proa de barco, para que rompa y corte el agua; de los dos tercios atrás lo van ensanchando; lo alto del haz es llano, donde echan la carga que ha de pasar. Un indio solo gobierna cada barco de éstos; pónese al cabo de la popa y échase de pechos sobre el barco, y los brazos y piernas le sirven de remos, y así lo lleva al amor del agua. Si el río es raudo va a salir cien pasos y doscientos más abajo de como entró; cuando pasan alguna persona, lo echan de pechos a la larga sobre el barco, la cabeza hacia el barquero; mándanle que se asga a los cordeles del barco, y pegue el rostro con él y no levante ni abra los ojos a mirar cosa alguna. Pasando yo de esta manera un río caudaloso y de mucha corriente (que en los semejantes es donde lo mandan, que en los mansos no se les da nada), por los extremos y demasiado encarecimiento que el indio barquero hacía mandándome que no alzase la cabeza ni abriese los ojos, que por ser yo muchacho me ponía unos miedos y asombros como que se hundiría la tierra o se caerían los cielos, me dio deseo de mirar por ver si veía algunas cosas de encantamiento o del otro mundo; con esta codicia, cuando sentí que íbamos en medio del río, alcé un poco la cabeza y miré el agua arriba, y verdaderamente me pareció que caíamos del cielo abajo, y esto fue por desvanecérseme la cabeza por la grandísima corriente de río y por la furia con que el barco de enea iba cortando el agua al amor de ella. Forzóme el miedo a cerrar los ojos y a confesar que los barqueros tenían razón en mandar que no los abriesen.

Otras balsas hacen de grandes calabazas enteras enredadas y fuertemente atadas unas con otras en espacio de vara y media en cuadro, más y menos, como es menester. Echan de por delante un pretal como a silla de caballo, donde el indio barquero mete la cabeza y se echa a nado y lleva sobre si nadando la balsa y la carga hasta pasar el río o la bahía o estero del mar. Y si es necesario lleva detrás un indio o dos ayudantes que van nadando y empujando la balsa.

En los ríos grandes, que por su mucha corriente y ferocidad no consienten que anden sobre ellos con balsas de calabazas ni barcos de enea, y que por los muchos riscos y peñas que a una ribera y a otra tienen no hay playa donde pueden embarcar ni desembarcar, echan por lo alto, de una sierra a otra, una maroma muy gruesa de aquel su cáñamo que llaman cháhuar: átanla a gruesos árboles o fuertes peñascos. En la maroma anda una canasta de mimbre con una asa de madera, gruesa como el brazo; es capaz de tres o cuatro personas; trae dos sogas atadas, una a un cabo y otra a otro, por las cuales tiran de la canasta para pasarla de la una ribera a la otra; y como la maroma sea tan larga, hace mucha vaga y caída en medio; es menester ir soltando la canasta poco a poco hasta el medio de la maroma, porque va muy cuesta abajo, y de allí adelante la tiran a fuerza de brazos. Para esto hay indios que las provincias comarcanas envían por su rueda, que asistan en aquellos pasos para los caminantes, sin interés alguno; y los pasajeros desde la canasta ayudaban a tirar de las sogas, y muchos pasaban a solas sin ayuda alguna; metíanse de pies en la canasta, y con las manos iban dando pasos por la maroma. Acuérdome haber pasado por esta manera de pasaje dos o tres veces, siendo bien muchacho, que apenas había salido de la niñez; por los caminos me llevaban los indios a cuestas. También pasaban su ganado en aquellas canastas, siendo en poca cantidad, empero con mucho trabajo, porque lo maniatan y echan en la canasta, y así lo pasan con mucha cansera. Lo mismo hacen con el ganado menor de España, como son ovejas, cabras y puercos. Pero los animales mayores, como caballos, mulos, asnos y vacas, por la fortaleza y peso de ellos, no los pasan en las canastas, sino que los llevan a las puentes o a los vados buenos. Esta manera de pasaje no la hay en los caminos reales, sino en los particulares que los indios tienen de unos pueblos a otros; llámanle uruya.

Los indios de toda la costa del Perú entran a pescar en la mar en los barquillos de enea que dijimos: entran cuatro y cinco y seis leguas la mar adentro y más si es menester, porque aquel mar es manso y se deja hollar de tan flacos bajeles. Para llevar o traer cargas mayores usan de las balsas de madera. Los pescadores, para andar por la mar, se sientan sobre sus piernas, poniéndose de rodillas encima de su haz de enea, van bogando con una caña gruesa de una braza en largo, hendida por medio a la larga. Hay cañas en aquella tierra tan gruesas como la pierna y el muslo; adelante hablaremos más largo de ellas.

Toman la caña con ambas manos para bogar; la una ponen en el un cabo de la caña y la otra en medio de ella: el hueco de la caña les sirve de pala para hacer mayor fuerza en el agua. Tan presto como dan el golpe en el agua al lado izquierdo para remar, tan presto truecan las manos, corriendo la caña por ellas y para dar el otro golpe al lado derecho, y donde tenían la mano derecha ponen la izquierda y donde tenían la izquierda ponen la derecha. De esta manera van bogando y trocando las manos y la caña de un lado a otro, que, entre otras cosas de admiración que hacen en aquel su navegar y pescar, es esto lo más admirable.

Cuando un barquillo de éstos va a toda furia, no los alcanzará una posta por buena que sea. Pescan con fisgas peces tan grandes como un hombre. Esta pesquería de las fisgas (para la pobreza de los indios) es semejante a la que hacen en Vizcaya de las ballenas. En la fisga atan un cordel delgado que los marineros llaman volantín, es de veinte, treinta, cuarenta brazas; el otro cabo atan a la proa del barco. En hiriendo al pez, suelta el indio las piernas, y con ellas abraza su barco, y con las manos va dando carrete al pez que huye y en acabándose el cordel, se abraza con su barco fuertemente, y así asido lo lleva el pez si es muy grande, con tanta velocidad que parece ave que va volando por la mar. De esa manera andan ambos peleando hasta que el pez se cansa y viene a manos del indio. También pescaban con redes y anzuelos mas todo era pobreza y miseria, que las redes (por pescar cada uno para sí y no en compañía) eran muy pequeñas y los anzuelos muy desastrados, porque no alcanzaron acero ni hierro, aunque tuvieron minas de él, mas no supieron sacarlo. Al hierro llaman quillay.

No echan vela en los barquillos de enea, porque no tienen sostén para sufrirla ni creo que camina tanto con ella como camina con solo un remo. A las balsas de madera se la echan cuando navegan por la mar. Estos ingenios que los indios del Perú tenían para navegar por la mar y pasar los ríos caudalosos yo los dejé en uso, y lo mismo será ahora porque aquella gente, como tan pobre, no aspiran a cosas mayores de las que tenían. En la historia de la Florida, libro sexto, dijimos algo de estos ingenios, hablando de las canoas que en aquella tierra hacen para pasar y navegar los ríos, tantos y tan caudalosos como allí los hay. (2) Y con esto volvamos a la conquista del Inca Cápac Yupanqui.

Capítulo XVII: De la reduccion de cinco provincias grandes, sin otras menores.

De Chayanta salió el Inca, habiendo dejado en ella la gente de guarnición y los ministros necesarios para su idolatría y para su hacienda, y fue a otras provincias que hay en aquella comarca que llaman Charca; debajo de este nombre se encierran muchas provincias de diferentes naciones y lenguas, y todas ellas son del distrito Collasuyu. Las más principales son Tutura, Sipisipi, Chaqui, y al levante de éstas, que es hacia los Antis, hay otras provincias que llaman Chamuru (en la cual también se cría la yerba que llaman cuca, aunque no tan buena como la del término del Cozco) y otra provincia llamada Sacaca, y otras muchas que se dejan por escusar prolijidad, a las cuales envió el Inca los apercibimientos acostumbrados.

Aquellas naciones, que ya sabían lo que había pasado en Chayanta, respondieron todas casi unas mismas razones, con poca diferencia de unas a otras: en suma, dijeron que se tenían por dichosas de adorar al Sol y de tener por señor al Inca, su hijo; que ya tenían noticia de sus leyes y buen gobierno; le suplicaban los recibiese debajo de su amparo, que le ofrecían sus vidas y haciendas; que mandase conquistar y allanar las demás naciones circunvecinas a ellos porque no les hiciesen guerra y maltratasen por haber desechado sus ídolos antiguos y tomado nueva religión y nuevas leyes.

El Inca mandó responder que dejasen a su cuenta y cargo la conquista de sus vecinos, que él tenía cuidado de la hacer cómo y cuándo fuese más en provecho de los vasallos; que no temiesen que nadie les ofendiese por se haber sujetado al Inca y recibido sus leyes, que cuando las hubiesen experimentado holgarían los unos y los otros vivir debajo de ellas, porque las había dado el Sol.

Con estas respuestas recibieron al Inca en todas aquellas provincias llanamente que, por no haberse ofrecido cosas dignas de memoria, hacemos relación en junto. Gastó el Inca en esta conquista dos años, y otros dicen que tres, y, habiendo dejado bastante guarnición para que los comarcanos no se atreviesen a hacerles guerra, se volvió al Cozco, visitando de camino los pueblos y provincias que se le ofrecieron por delante. Al príncipe su hijo mandó ir por otros rodeos para que también fuese visitando los vasallos, por el mucho favor que sentían de ver a sus Reyes y príncipes en sus pueblos.

El Inca fue recibido con gran fiesta y regocijo en su corte, donde entró rodeado de sus capitanes y delante de ellos iban los curacas que de aquellas provincias nuevamente conquistadas habían venido a ver la ciudad imperial. Pocos días después entró el príncipe Inca Roca, y fue recibido en el mismo contento, con muchos bailes y cantares que en loor de sus victorias le tenían compuestos. El Inca, habiendo hecho merced a sus capitanes, les mandó que se fuesen a sus casas, y él quedó en la suya, atendiendo el gobierno de sus reinos y provincias, cuyos términos por la parte hacia el sur se alargaban ya del Cozco más de ciento y ochenta leguas que hay hasta Tutura y Chaqui, y por la parte del poniente llegaban a la Mar del sur, que por una parte son más de sesenta leguas de la ciudad y por otra más de ochenta; y al levante del Cozco llegaban hasta el río Paucartampu, que son trece leguas de la ciudad, derecho al Este; al Sudeste se había alargado hasta Callauaya (3), que son cuarenta leguas del Cozco. Por lo cual le pareció al Inca no hacer por entonces nuevas conquistas, sino conservar lo ganado con regalo y beneficio de los vasallos, y así entendió en este ejercido algunos años, en mucha paz y quietud. Procuró ennoblecer la casa del Sol y la de las vírgenes escogidas, que el primer Inca Manco Cápac había fundado; entendió en mandar hacer otros edificios dentro de la ciudad y fuera en muchas provincias, donde eran menester para el aumento de ellas; mandó hacer muchas puentes para los ríos y arroyos grandes, por la seguridad de los caminantes; mandó abrir nuevos caminos de unas provincias a otras, para que se comunicasen todos los de su Imperio; en suma, hizo todo lo que le pareció convenir al bien común y aprovechamiento de sus vasallos y grandeza y majestad propia.

Capítulo XVIII: El Principe Inca Roca reduce muchas y grandes provincias mediterráneas y maritimas.

En estos ejercicios y otros semejantes se entretuvo este Inca seis o siete años, y al fin de ellos le pareció sería bien volver al ejercicio militar y al aumento de su reino, para lo cual mandó aprestar veinte mil hombres de guerra y cuatro maeses de campo experimentados que fuesen con el príncipe Inca Roca, su hijo, hacia Chinchasuyu, que es al septentrión del Cozco; porque los Incas por aquella banda no habían alargado su Imperio más de como lo dejó el primer Inca Manco Cápac, que era hasta Rimactampu, siete leguas de la ciudad, que, por ser aquella tierra mal poblada y muy áspera, no habían dado los Incas en conquistarla.

El Príncipe salió del Cozco y llegó al río Apurímac; pasólo en grandes balsas que le tenían aprestadas, y, por ser tierra despoblada, pasó adelante hasta Curahuasi y Amáncay, diez y ocho leguas de la ciudad; fue reduciendo con mucha facilidad los pocos indios que por aquella comarca halló. De la provincia Amáncay echó a mano izquierda del camino real que viene del Cozco a Rímac, y pasó el despoblado que llaman de Cochacasa (4), que por aquel paraje tiene veinte y dos leguas de travesía, y entró en la provincia llamada Sura (5), que es de mucha gente, rica de mucho oro y ganado, donde el Inca fue recibido de paz y obedecido por señor. De allí pasó a otra provincia llamada Apucara (6), donde asimismo lo recibieron llanamente, y la causa de allanarse estas provincias con tanta facilidad fue porque siendo cada una de por sí y enemiga la una de la otra, no podía ninguna de ellas resistir al Inca. De Apucara pasó a la provincia de Rucana (7), dividida en dos provincias, la una llamada Rucana y la otra Hatunrucana, que quiere decir Rucana la grande. Es de gente hermosa y bien dispuesta; las cuales redujo con mucho aplauso de los naturales. De allí bajó a la costa del mar, que los españoles llaman los llanos, y llegó al primer valle que hay por aquel paraje, llamado Nanasca (8) —quiere decir: lastimada o escarmentada, y no se sabe a qué propósito le pusieron este nombre, que no debía de ser acaso, sino por algún castigo u otra plaga semejante (los españoles le llaman Lanasca),— donde asimismo fue recibido el Inca con mucha paz y obedecido llanamente, y lo mismo pasó en todos los demás valles que hay desde Nanasca hasta Arequepa, la costa adelante, en espacio de más de ochenta leguas de largo y catorce y quince de ancho. Los valles más principales son Hacari y Camata, en los cuales había veinte mil vecinos; otros valles hay pequeños, de menos consideración, que son Aticu, Ucuña, Atiquipa y Quellca.

Todos los redujo el príncipe Inca Roca a su obediencia con mucha facilidad, así porque no tenían fuerzas para resistirle como porque estaban desnudos, y cada valle de los pequeños tenía un señorete de por sí, y los mayores tenían dos y tres y entre ellos había pendencias y enemistades. Será razón, pues estamos en el puesto, no pasar adelante sin dar cuenta de un caso extraño que pasó en el valle de Hacari poco después que los españoles lo ganaron, aunque lo anticipemos de su tiempo, y fue que dos curacas que en él había, aún no bautizados, tuvieron grandes diferencias sobre los términos; tanto, que llegaron a darse batalla con muertes y heridas en ambas partes. Los gobernadores españoles enviaron un comisario que hiciese justicia y los concertase de manera que fuesen amigos. El cual partió los términos como le pareció y mandó a los curacas que tuviesen paz y amistad. Ellos la prometieron, aunque el uno, por sentirse agraviado en la partición, quedó con pasión y quiso vengarse de su contrario secretamente, debajo de aquella amistad, Y así, el día que se solemnizaron las paces, comieron todos juntos, quiero decir en una plaza, los unos fronteros de los otros. Y acabada la comida, se levantó el curaca apasionado y llevó dos vasos de su brebaje para brindar a su nuevo amigo (como lo tienen los indios de común costumbre); llevaba el uno de los vasos atosigado para lo matar y, llegando ante el otro curaca, le convidó con el vaso. El convidado, o que viese demudado al que le convidaba o que no tuviese tanta satisfacción de su condición como era menester para fiarse de él, sospechando lo que fue le dijo: “Dame tú ese otro vaso y bébete ése”. El curaca, por no mostrar flaqueza, con mucha facilidad trocó las manos y dio a su enemigo el vaso saludable y se bebió el mortífero, y donde a pocas horas reventó, así por la fuerza del veneno como por la del enojo de ver que por matar a su enemigo se hubiese muerto a sí propio.

Capítulo XIX: Sacan indios de la costa para colonizar la tierra adentro. Muere el Inca Cápac Yupanqui.

De Nanasca sacó el Inca indios (9) de aquella nación para trasplantarlos en el río Apurímac, porque aquel río, desde el camino real que pasa del Cozco a Rímac, pasa por región tan caliente que los indios de la sierra, como son de tierra fría o templada, no pueden vivir en tanta calor, que luego enferman y mueren; por lo cual, como ya se ha dicho, tenían los Incas dada orden que cuando así se trasplantasen indios de una provincia a otra, que ellos llaman mitmac, siempre se cotejasen las regiones, que fuesen de un mismo temple de tierra, por que no se les hiciese de mal la diferencia destemplada, pasándolos de tierra fría a tierra caliente o al contrario, porque luego mueren; y por esto era prohibido bajar los indios de la sierra a los llanos, porque es muy cierto morir luego dentro de pocos días. El Inca, teniendo atención a este peligro, llevó indios de tierra caliente para poblar en tierra caliente y fueron pocos, porque había poca tierra que poblar a causa de que el río Apurímac, por pasar entre altísimas y asperísimas sierras, tiene a una mano y a otra de su corriente muy poca tierra de provecho, y esa poca no quiso el Inca que se perdiese, sino que se aprovechase en lugar de jardines, siquiera por gozar de la mucha y muy buena fruta que se
cría en las riberas de aquel famoso río.

Hecho esto y dejado el orden acostumbrado para el gobierno de las provincias nuevamente ganadas, se volvió el príncipe Inca Roca al Cozco, donde fue muy bien recibido de su padre y de su corte. A los capitanes y soldados mandó despedir, habiéndoles hecho mercedes y favores por los servicios de la guerra. Y por entonces le pareció al Inca Cápac Yupanqui no pasar adelante en sus conquistas porque ya se sentía viejo y deseaba asentar y confirmar en su servicio lo ganado. En esta quietud vivió algunos años, con mucho cuidado del beneficio de sus vasallos, los cuales asimismo acudían con mucho amor y prontitud al servicio del Inca, así en la labor de la casa del Sol como los demás edificios que se hacían, unos por mandado del Inca y otros que los indios inventaban por servir y darle gusto, cada provincia de por sí en su distrito.

En esta quietud y descanso falleció el Inca Cápac Yupanqui; fue valerosísimo Príncipe, digno del nombre Cápac que los indios en tanto estimaron. Fue llorado en la corte y en todo su reino con gran sentimiento; fue embalsamado y puesto en el lugar de sus pasados. Dejó por sucesor a Inca Roca, su hijo primogénito y de la Coya Mama Curiyllpay, su mujer y hermana; dejó otros muchos hijos e hijas, legítimos y bastardos, que, por no saber el número cierto, no se ponen, mas de que se cree que pasaron de ochenta, porque los más de estos Incas dejaron a ciento y a doscientos, y algunos hubo que dejaron más de trescientos hijos e hijas.

(1) Amáncay, equivale a la actual provincia de Abancay, en el departamento de Apurímac, y el río al que se hace referencia sería el Pachachaca. En quechua Amáncay significaría “valle de azucenas”.

(2) Efectivamente, en La Florida, Libro VI., cap. 2, se anticipó éste capítulo; en ciertas partes, casi con las mismas palabras.

(3) Carabaya, actual provincia del Departamento de Puno.

(4) En la región actual de Collcabamba de la provincia de Aymaraes (Apurímac).

(5) En la región actual de Soraya, provincia de Aymaraes (Apurímac).

(6) Quizá en el actual Aucará de la provincia de Lucanas (Ayacucho).

(7) Lucanas, en el departamento de Ayacucho.

(8) Actual Nasca, del departamento de Ica, en la costa.

(9) La edición de 1609 dice: “indios Incas”, y así ha venido repitiéndose, pero se trata evidentemente de una errata.